La Yungas motor económico del casco central paceño, donde todo se puede comprar, excepto ladrillos sísvicos

12 de Marzo de 2010, 01:04

    La Paz - Bolivia.-  Es un mundo dentro del propio "mundo paceño" que se desenvuelve cotidianamente como un bien ensamblado enjambre de abejas o un extremadamente coordinado hormiguero, donde cada quien ocupa el lugar que le corresponde.

    Tiene hasta su propio idioma, código (muy cercano al coba), una mezcla de castellano, aymará, quechua e inglés codificado en palabras y frases que un extraño difícilmente entendería, como diría Víctor Hugo Vizcarra en su "Borracho Estaba, Pero Me Acuerdo"

     Muchos almacenes, un mercado de tres pisos (donde se agrupan las comideras, vendedoras de api, verduleras, entre otras), restaurantes de todos los precios, vendedoras de pan en sus aceras, que nos recuerdan que en determinado momento hubo una agrupación política que le sacó a los bolivianos hasta el pan de cada día, la tristemente famosa UDP; licorerías, centralitas telefónicas, vendedoras de frutas, los café internet donde jamás hay un café disponible y los infaltables trabajadores a destajo que se asientan en sus orillas con el maletín indicativo de cada actividad: plomero, electricista, "alvañil", que son las especialidades más requeridas por la gente, y, por supuesto, las infaltables expendedoras de cemento "estuco" y ladrillos, configuran el marco escenográfico de una de las zonas más destacadas desde el punto de vista de la actividad económica de La Paz: la archiconocida Yungas.

    Allí se dan cita también los degustadores más exigentes del pollo en la ciudad de La Paz, en una de sus especialidades más apreciadas: El pollo al horno, donde se destaca el "puesto de la Irma", lugar en el cual se debe hacer filas desde las nueve de la mañana si es que se quiere tener una porción a eso de la una de la tarde.

    También están alrededor las personas que decidieron "pelearse a muerte" con la ducha y no trabajan por "prescripción médica", ya que si lo hacen se enferman y prefieren pedir la colaboración de los transeúntes, en su mayoría buenos católicos, con quienes siempre pueden contar.

    Ubicada a tres cuadras de la plaza Murillo, kilómetro cero del país, por sus calles pasan incontables mini y micro buses, taxis de todos los colores y colectivos modelos sesenta, cuyos fierros parecen haber adoptado el lema de muchos en esta ciudad: ¡se dobla pero no se rompe'.

    En la calle Yungas es posible encontrar todo lo que mercado necesita para la actividad diaria, excepto ladrillos 'sísvicos', como suele mencionarse en esa Babilonia de idiomas  que hace de la mezcla algo que los "entendidos" captan rápidamente, pero que los legos no entenderán jamás, tal como le pasó a un prestigioso periodista paceño que para reparar una de las dependencias de su casa, el "alvanil", para hacer un buen trabajo le exigió que comprara ladrillos "sisvicos".

    El pedido lo llevó hasta la fábrica de ladrillos en Viacha, ciudad aledaña a La Paz, cerca de 30 kilómetros al oeste, donde el ingeniero en jefe le dijo que eso era imposible encontrar en La Paz o en Bolivia porque se trataba de tecnología alemana, de la cual no se disponía y dudaba que llegaría a tenerse alguna vez.

    El impase, con el enojo del comunicador por haber ido tan lejos, fue solucionado por el trabajador con una sentencia muy yungueña: "bien cojoro este caballero, en la tienda hay". Minutos después, el "alvañil" pedía a pleno pulmón a la dependiente: "señora, vendeme ladridos seis vicos", que traducido al castellano quiere decir seis huecos.

    Los economistas han sostenido que no han forma de estimar cuánto dinero mueve al año la Yungas, en otros aspectos porque la mayoría de esas actividades no ofrecen una factura, pero salta a la vista que dinero hay y hasta en algunos casos alcanza para comprar autos de lujo.

    Venir a La Paz y no  ir por esa zona tan paceña, donde además entrenan las divisiones inferiores del decano del balompié local, el The Strongest, es poco menos que inadmisible.

    La Yungas es parte de la historia de La Paz, de los estantes y habitantes paceños, diría Raúl Salmón, uno de los patricios paceños, sólo quedaría agregar de esa rica historia paceña.
ABI

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